Durante gran parte de mi vida, lo único que quería era estar cerca de Dios, pero en la iglesia no encontraba modelo alguno en el que me viese reflejado. Por un momento, llegué a considerar tomar los hábitos por la simple razón de tener una manera aceptada de mortificar mi carne. Llevaba mucho tiempo célibe. No me identificaba como virgen —aquella palabra albergaba demasiadas esperanzas en un futuro que sabía que no me correspondería—. Escuchaba otros chicos pavoneándose de sus conquistas, inventadas o reales. Comprendí que mis intereses eran anormales, así que cerraba la boca o repetía lo que ellos habían dicho. Acabé con ese diálogo conmigo mismo y cuando me atreví a fantasear sobre lo que quería, siempre implicaba un castigo después, ya que era impensable buscar el placer por el placer. Cada orgasmo confirmaba lo que ya sabía: yo era un bicho raro. Dejé de tenerme respeto. Soñaba con la violencia.
No sabía dónde encontrar a Dios entre todas esas cosas. Si acaso lo había abandonado. Los periodos de celibato, ya de adulto, no me garantizaban poder volver a su lado, pues en aquellos años —y eso que fui una flor tardía y perdí la virginidad mucho después que el resto, con una mujer que estaba segura de que yo era un buen cristiano— no hubo un solo día en el que pudiese controlar mis fantasías. Deseaba. Y no me permitía desear. Pero ¿y si esa fuerza formaba parte de Dios? Era más fuerte que mi voluntad, superaba el rezo y la confesión.

Hice lo que sabía hacer. Me centré en venerar. Me imaginé una mujer que tuviese un corazón lo suficientemente grande como para que yo cupiese dentro. Centré mis deseos en ella. Guardé cada retazo suyo que me fui encontrando. Adapté un salmo y se convirtió en mi oración: «Una cosa pido a la Mujer, esto es lo único que busco: poder morar en la casa de Mujer todos los días de mi vida, contemplar la belleza de Mujer y buscarla en su templo». Deseaba servir a una Diosa que obtuviese un placer genuinamente sádico en mi sumisión a Su Voluntad. Quería estar en una jaula de lujuria, que se mofara de mí con la llave que podía liberarme. Quería que Ella me desarmara. Que me golpeara y me pinchara. Que me atara. Que me penetrara. (Pero sin juegos eléctricos ni agujas.) Quería que me humillase ante la presencia de Su Sexo Superior. Al fin y al cabo, el poder de Su Sexo es lo que hace que el mundo gire; nos hace trabajar y convierte en sirvientes a hombres como yo. Hombres que saben que el lugar que les corresponde es a sus pies, la nariz pegada al suelo y los labios, al polvo.
Le demostré mi amor mediante rituales y obediencia, sin importarme ser correspondido o no. Estaba seguro de que surgiría una conexión íntima si la buscaba. Y entonces apareciste Tú, y Tu gloria fue mayor que el amor que antes había conocido.